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Meditar o el otro lado del espejo

Dicen que el poeta y místico Rumi, bailó por 80 días girando como es ahora un ritual de los sufís, y de esta manera se iluminó.
Dicen que lo propio hizo buda bajo un árbol de higuera (llamado luego árbol bodi). Durante días buda permaneció inmóvil en posición de flor de loto, y hasta Jesús estuvo en un extraño y misterioso ejercicio místico en el desierto por 40 días; lo mismo pasó a Sherezada que mantuvo un fascinante trance de erotismo verbal al contar historias sublimes y llenas de una belleza mística y terrenal durante mil y unas noches; también se dice que cuando Voltaire escribía, sufría de repentinos gestos y onomatopeyas propias de un loco o de un niño.
Parece ser que una de las herramientas con las que contamos para encontrarnos, sentirnos plenos y solucionar problemas, fluir… es meditar, acallar el discurso interno, presenciar, estar sin esfuerzo alguno (sobre todo intelectual) en contacto pleno con el presente. Entrar sin luces en la sombra propia, ser una luz en sí misma, al reconocernos como parte del mundo entero, de sentirnos tocados por el movimiento continuo del universo.
Pero ¿qué es meditar? Parece que hay tantas definiciones, como las que se pueden tejer de la palabra hogar o de la palabra paz. Yo no te voy a dar una más, incluso escribo estas líneas con el pretexto de divagar dulcemente sobre este concepto. Es para mí, la meditación, un encuentro poético con uno mismo delante de la vida misma. Solo pretendo resaltar la importancia ya censada, comprobada y certificada de los beneficios que da tener como hábito meditar.
Y ya que parafraseando a algún maestro budista zen, meditar no se puede explicar como algo que ya es de por si, como la vida misma, -“maestro pero los occidentales poseemos la extraña manía de dejar que lo racional lingüístico prime, que sea el racionamiento científico el que determine nuestra capacidad de aceptar o no algo como verdadero”- aunque no medites, lo haces, de una manera desordenada, cuotica, caprichosa, es una energía que se manifiesta de por sí, y de más maneras, incluso de lo que los mismos creadores del término y el ejercicio sospechan o aceptan.
Quizás uno de los autores que más dan alternativas para meditar es Osho en su texto “El libro naranja”. Y es que meditar es algo tan propio de nosotros y tan necesario como lo es para las especies de sangre fría tomar cada mañana un baño absoluto de sol.
Meditar regula y estimula el proceso de producción de hormonas como el cortisol y la endorfina, estimula centros de nuestro cerebro que sincronizan nuestra energía vital y apacigua la ansiedad y el miedo, dos emociones capaz de destruirnos si simplemente dejamos que controlen nuestras vidas. Meditar es una de las técnicas más eficaces que tenemos para estimular y aprovechar nuestra capacidad de pensar divergentemente (pensamiento creativo).
No solo meditar es sentarse inmóvil y concentrarse en la respiración o hacer yoga, también es bailar, reír, correr, caminar, cantar, dibujar, disfrutar de la música que más te gusta, leer en voz alta algo que hace que tu corazón pulse sangre y emociones, meditar también es llorar a veces, es lo que sea con lo que vibres y te haga absolutamente consiente de que todo es temporal las buenas y malas rachas. Los hasta luego y las bienvenidas, meditar te produce la increíble sensación de saber conscientemente que no tenemos nada más que el momento. No por esto desentendiéndonos de la responsabilidad de nuestras decisiones, que construyen nuestro futuro, y también la necesaria reflexión de ser quienes somos por nuestro pasado. Aunque estos ya no existan.
Meditar te hace poderoso en lo que respecta al manejo de tu propia vida, te hace ave, pez, felino, montaña, nube, hoja. Metafóricamente en el escenario que es la vida te hace actuar innovadoramente ya que está en constante servicio a que respondas con estrategias de la manera más efectiva a lo que acontece en tu vida.
Y es que meditar estimula tu calma, estimula el enfocarse, estimula la autoconfianza que “casualmente son ingredientes fundamentales para la aplicación de un pensamiento creativo serio, aquello que puede y produce resultados efectivos y productivos en tu vida”, según De Bono. Meditar es generar un vínculo total con vos mismo, con quien en verdad eres a cada instante.
Te invito a que explores diferentes técnicas, a que rompas el paradigma de que solo los budistas meditan, o los yoguis, o los sufís. Busca una acción de meditación que produzca en ti esos beneficios de los que tanto se habla; más allá de justificar no hacerlo por desconocimiento o falta de mentores.
Todos los grandes de alguna manera nos susurran al oído siempre, todos: Jesús, Buda, Lao Zen, San Francisco, Mahoma, Krishna. Todos te incitan a hacerte cargo de tu propia aventura, todos dirían en sus propios idiomas eso que en los 70 los punk afirmaban con sus realizaciones sonoras: no te quedes, no te quejes, no esperes, si quieres hacer algo ¡hazlo tú mismo!
¿Meditar ayuda en qué? No sé, en mucho dependiendo como te guste vibrar porque también meditar es eso, vibrar con lo que se es, con lo que se quiere ser, con lo que se sueña ser aunque meditando no necesites de ningún argumento lingüístico para sentirte simplemente bien.
Y como argumentan las corrientes budistas tibetanas Hinayana y la Mahayana, que añaden variadas técnicas de meditación, visualización y otros métodos para transformar radicalmente la mente de los practicantes del estado ordinario de conciencia a la naturaleza real de la mente, esto se hace para que algún día todos nos convirtamos en budas, seres iluminados con plena conciencia de la forma real de la mente.
Si, sé que suena utópico, pero como continuamente dice Jorodsky, hay que hacerse de utopías para reconocerse tal como se es: amoroso, compasivo, generoso, y sobre todo con un infinito poder de cambiar el único mundo posible: el propio. Meditar también me ha servido para sentir la sensación sospechosa, dulce, increíble de reconocerme un ser creado para ser feliz.